La Gen Z no dejó de salir. Dejó de celebrar borracha.
Los estudios lo confirman: esta generación bebe menos alcohol que cualquier otra antes que ella y está liderando el movimiento «sober curious», una forma de socializar que incluye la fiesta, el baile y el rato con amigos, pero excluye la resaca como precio obligatorio del fin de semana.
Ese espacio lo ocupó una nueva categoría de bebidas. Latas y botellas que prometen foco, calma, mejor piel o más energía, formuladas con adaptógenos, probióticos, colágeno, electrolitos y vitaminas, y comunicadas con un lenguaje de bienestar que no tiene nada que ver con el clásico «toma responsablemente». La fiesta se convierte en experimento de autocuidado: cada sorbo debería hacer algo por el cuerpo, la mente o el estado de ánimo.
Lo que cambió es el alcance. Estas bebidas ya no son nicho de dietética. Hoy conviven con cervezas y destilados en supermercados, gimnasios, cafeterías y e-commerce masivo, rediseñando visualmente las góndolas y cambiando qué se ve cool tener en la mano.
Para las marcas tradicionales de alcohol, la señal es clara: el estatus ya no lo da el trago fuerte. Lo da la coherencia entre lo que tomas y cómo quieres sentirte mañana.

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